martes, 24 de febrero de 2009

24 de febrero

¡Ay, mi desierto! ¡Ay, mis hijos!

domingo, 22 de febrero de 2009

22 de febrero

Rien à faire, je veux dormir.

sábado, 21 de febrero de 2009

21 de febrero, bis

Cortesía de Miguel Tormentas, quizá la única persona que todavía me asocia con el perro del hortelano. Y que quizás adivina (o no) que hay fuerzas poderosas actuando sobre mí que me quieren adelgazar.

21 de febrero

Estaba escribiendo el texto de abajo, cuando al asalto me distrajo una conversación sobre "salir al mundo" que, de manera poco misteriosa, me recordó a mi madre. "Cuando salgas al mundo", era el modo frecuente en que empezaba a hablarme cuando yo cursaba, creo, mi tercera licenciatura (la única que terminé). Después, seguía una retahíla de recomendaciones que mi memoria tuvo a bien no retener. Me titulé y, pienso, ella está feliz porque ahora he salido al mundo.

Hoy la cosa empezó cuando una persona me invitó a comer unos tacos y, ante mi negativa (debida a la fatiga), me conminó a "salir a vivir", a lo cual respondí que yo vivo 24/7, es decir, todas las horas de todos los días, sin tiempos muertos (nunca mejor dicho). Ella puso en duda mi respuesta, lo cual me motivó a proseguir:

¿Qué, a poco tú crees que vivir es ir a consumir?
No, vivir es salir al mundo. Dedicar tiempo a las cosas por las que uno no gana dinero.

Qué definición tan capitalista de "vivir".
Es justo una definición anti capitalista. En cambio tú te quieres quedar a descansar para poder trabajar bien la próxima semana.

¿Y ser "una empleada eficaz del perfectamente bien engrasado sistema (en quiebra) llamado capitalismo"? Oh, no, señor.
Eso no tiene nada que ver. Cualquiera, sin importar a qué se dedique, puede salir al mundo.

"Salir al mundo". Como si en algún momento hubiera estado en una suerte de limbo transmundial, en un imposible no-lugar donde nada pasa o donde lo que pasa es no sólo insustancial (pues "lo que pasa" es accidental y, por lo tanto, no es substancia) sino también poco importante.

Casualmente, mientras escribía esto fui al blog de Guillermo y encontré una convergencia. Él pensaba (entre dolores de estómago) en las distancias que ocasionalmente se abren entre lo que uno quiere ser y aquello en lo que uno se convierte, orillado por las necesidades laborales o por estar cerca (así sea desempeñando una tarea "menor") de los lugares donde pasan las cosas que a uno le interesan. Imagino que esto es desgarrador. Es una escisión como la del Romanticismo, o acaso una deforme y monstruosa hija suya.

A veces me pregunto, con absoluta seriedad, viéndome en el espejo retrovisor del auto, atrapada en el (cotidiano) tráfico de la ciudad, si acaso cada cosa que hago me hace feliz, si no me habré desviado hace ya mucho tiempo, si no estaré circulando por el atestado camino de la mediocridad. El tono de la respuesta depende de la temperatura ambiente, del nivel de glucosa en mi sangre, de cuánta gasolina hay en el tanque y de la pericia o impericia de los conductores que me anteceden en la vía. Sin embargo, el contenido de la respuesta nunca varía.

Todo lo anterior me lleva a Revolutionary Road (o, como yo propongo que debería llamarse en español: Avenida Revolución). Dos personas infelices, insatisfechas, muertas, quieren hacer de golpe todo lo que la gente hace cuando "sale a vivir". ¿Qué? Ninguno lo sabe. Algo que no sea lo que tienen, algo que les quite el sabor metálico del (muy bien pagado) fracaso. Otra cosa. "Salir al mundo". Revolutionary Road es la marcha fúnebre de los asalariados, de los esclavos capitalistas que siempre quisieron ser algo más de lo que fueron. En esa historia, yo soy el loco.

viernes, 20 de febrero de 2009

20 de febrero

Bebo un té, con leche. La noche me ha pescado cual salmón fatigado por la carrera cuesta arriba. No me apetece pasarme por el gaznate el whisky que me metí al buche. No ahora. Tal vez no nunca. Tal vez nunca. Tal vez nunca. Tal vez nunca.

—Tal vez nunca —dijo con la voz quebrada, por vieja (pensé), por el alcohol (pensé después), por la alegría de verme (llegué a pensar, también, regodeándome en una exaltada imagen de mis atributos físicos y espirituales)— debí buscarte.

Quebrada por la decepción, eso era.

—Pero lo hizo.

No lo pensé: lo dije. Las palabras reverberaron en las altas paredes blancas. Ella advirtió el brillo que asomó por mi mirada.

—No por las razones que piensas.

La muchacha que sacudía el mantel era hermosa, al punto de provocarme un sentimiento profundo de agradecimiento hacia ella y su creador. La blusa dejaba al descubierto unos hombros de bronce bruñido, seguramente suaves al tacto, como un durazno maduro cubierto de fina pelusa. Ella, en cambio, debía tener manchas en la piel, hendiduras profundas que, en resumidas cuentas, impedirían asociarla con cualquier fruta comestible y deliciosa.

—¿Y cuáles serían esas razones? —estaba siendo provocador. Quería que embistiera fuerte.
—Por favor...

Me levanté de un salto y me sacudí los pantalones por reflejo. Fui hasta ella, me incliné sobre su cabeza y le arrebaté el vaso.

—Me provoca un jerez, si es tan amable.
—Whisky.
—Jerez seco, por favor.
—Sos una pesadilla.
—La creía una buena anfitriona —dije, tendiéndole la mano.

Se levantó de mala gana, sin prestar atención a mi gesto, apoyando las manos en los descansabrazos, y con su vaso enredado en las manos, llegó hasta el umbral de la cocina, donde la vi desaparecer entre el trajín de un ejército de cocineras que preparaban caldos, cocían carnes y asaban castañas. La moza del mantel entró riendo, seguida por unos niños. Pasó de largo y ni siquiera me vio.

Me pregunto por qué siempre se ha de caer en ese lugar común de los niños. Niños aquí, niños allá. Hace falta un toque de inocencia: mete a un niño. ¿Quieres exaltar las virtudes femeninas (ergo, maternales) de una muchacha? Pon un niño. Como si nada fuéramos sin los niños. Niños, niños, niños. Yo era un niño cuando la conocí, y mi historia nada tiene que ver con la ingenuidad o la inocencia. Yo no la hacía reír, como hicieron esos niños con la joven del mantel. Ella temblaba bajo mi mirada. Y todavía.

miércoles, 18 de febrero de 2009

18 de febrero

En el hoyo de mi pecho crecerán las siemprevivas, y cosecharán los hombres sus sonrisas eternas.

martes, 17 de febrero de 2009

17 de febrero

Música para falsos camaleones.

La habitación donde me recibió era muy espaciosa. Carecía de los lujos que a uno le gustaría atribuir a alguien como ella; no obstante, estaba bien iluminada. Los azulejos del piso semejaban los camaleones del cuento de Capote. Ella se sentó en una mecedora de hierro, la espalda bien erguida y la mirada impecablemente dirigida hacia la ventana. Con un gesto evasivo, me invitó a ocupar un sillón de terciopelo violeta, desgastado. Nadie me ofreció una bebida para acompañar a la dama.

—Debe estar cansado, después de un viaje tan largo. ¿Llegó en tren?
—Ya no hay trenes hacia esta parte del territorio, ni siquiera autobuses. Tuve que comprar un caballo en un pueblo que está a... poco más de trescientos kilómetros al sur.

Ella guardó silencio unos instantes, al tiempo que observaba cómo se derretían los hielos de su whisky.

—Y, ¿cómo fue, la muerte de su marido? —le pregunté, directo, sabiendo que ella sabía a lo que había venido.
—Molesta— dijo, y de un trago se terminó su Jack Daniels.
—Molesta— repetí mecánicamente, mientras pensaba cuál sería la forma óptima de abordarla.

Ella me doblabla la edad y, sin embargo, me había buscado con el acta de defunción de su marido, aún fresca, en la mano. ¿Me atraía? ... y, bueno, ¿quién no se sentiría atraído por alguien así?

Los hielos ya se habían derretido en el vaso. Ella movía el pie izquierdo con inquietud, a la espera de que algo pasara, que yo hiciera algo. Detrás de la ventana, una de las muchachas del servicio sacudía un mantel. El sol entraba por los cristales. Me empezaba a dar sed.

jueves, 12 de febrero de 2009

12 de febrero

Las dos de la mañana y todo sereno.

martes, 10 de febrero de 2009

10 de febrero

Por costumbre o masoquismo, estoy acostumbrada a disfrutar las crisis.

jueves, 5 de febrero de 2009

5 de febrero

¿Podrá alguien escribir un libro tan vivo que supla la existencia real del autor? ¿Podría un libro así paliar el dolor de la ausencia?

miércoles, 4 de febrero de 2009

4 de febrero

So... what can you do when you know you're dying?
Live, I guess.

martes, 3 de febrero de 2009

3 de febrero

Desde siempre me ha atraído Mrs. Robinson. Ahora tengo edad suficiente para ser ella.