martes, 30 de junio de 2009

30 de junio. Pina Bausch ist tot

La tercera muerte (porque dicen que siempre vienen en trío, como si los muertos se fueran a cantar al más allá alguna canción de los Panchos) es la de Pina Bausch. Coreógrafa y bailarina, una pequeñísima muestra de su trabajo puede ser vista en Hable con ella (2002), de Almodóvar. A quienes no nos gustan los tutús ni la supuesta perfección del ballet, nos gusta la danza hecha por el Tanztheater de Wuppertal. Estos cuerpos no ascienden como espíritus limpios: se arrastran y cuelgan, pesan, tiran cosas a su paso. Porque sufrimos, ¿no? Quiero decir, nos identificamos más fácilmente con esto que con la rancia tradición del Lago de los cisnes. Al menos nosotros, sí. Nosotros, los humanos.

30 de junio. Bergotte

Cuando creíamos haberle tomado la medida a Proust, el tipo hace una maniobra lenta y, paf, cachetada con guante blanco.

"Y como toda novedad requiere indispensablemente la eliminación previa del lugar común a que estábamos acostumbrados, y que se nos antojaba la realidad misma, cualquier conversación nueva, como cualquier pintura o música originales, parecerá siempre alambicada y fatigosa. Se apoya en figuras que nos cogen de nuevas, nos parece que el que habla no hace más que ensartar metáforas, y eso cansa y da una impresión de falso".

Sí, Mr. Narrador, así pasa. Llegados a este punto, habíamos comenzado a preguntarnos qué habrían visto tantos críticos de maravilloso en su obra, porque de pronto todo el asombro que nos elevaba al empíreo en el primer tomo se tornó en hastío al sólo ir siguiendo una anécdota —una escuálida anécdota de adolescente acalorado— por las páginas del segundo. Pero ya vemos: usted se justifica a sí mismo en la persona de Bergotte, y repite la fórmula de ensartar metáforas (encantadoras y sublimes) y, así, estamos de vuelta en su bolsillo. Pero momento, que usted no sólo justifica su estilo, sino también su moral:

"... esos vicios, aun suponiendo que se le imputaran justamente a Bergotte, no probaban suficientemente que su literatura fuera mentira ni su mucha sensibilidad una farsa. [...] Acaso el problema moral sólo pueda plantearse con toda su potencia de ansiedad en las vidas realmente viciosas. [...] Igual que los grandes doctores de la Iglesia empezaron muchas veces, sin dejar de ser buenos, por conocer los pecados de los hombres, para sacar de allí su santidad personal, así a menudo los grandes artistas, siendo malos, utilizan sus vicios para llegar a concebir la regla moral de todos los humanos. [...] Pero ese contraste chocaba menos antes que en tiempo de Bergotte, por una parte, porque a medida que la sociedad va corrompiéndose se depuran las nociones de moralidad..."

Que a la santidad —o, más exactamente, a la salvación— se llega a través de los pecados es lo que siempre me ha atraído del cristianismo. Una religión que nos supusiera moralmente intachables sería en realidad una perversión. (Hay gente perversa en el mundo, yo la he conocido). Que los santos y los artistas sean hombres semejantes, también es una idea con la que guardo afinidad espiritual. La pretendida inutilidad del arte, pienso, es sólo parcial: la contemplación del horror, el desorden, el sinsentido, la muerte, cumple un fin moral. La estética es parte de la ética. El placer que me produce ver un cuadro de Egon Schiele me impulsa más a querer ser virtuosa que cualquier libro de oración con una portada donde aparece un santito feo y, además, en una impresión fuera de registro. Nada me aleja más de la infidelidad que el triste recuerdo de Madame Bovary. Eso no quiere decir que sea una buena persona. Soy una sensualista, eso sí.

Ya encontraré el modo de darle más coherencia a esto.

viernes, 26 de junio de 2009

26 de junio. Das erste Gedicht ich lerne

"Du bist wie eine Blume
so hold und schön und rein;
ich schau' dich an, und Wehmut
schleicht mir ins Herz hinein.

Mir ist, als ob ich die Hände
aufs Haupt dir legen sollt',
betend, daß Gott dich erhalte
so rein und schön und hold".

Heinrich Heine
1797 - 1856

* Iba a poner una foto, pero tengo un prejuicio contra los retratos de los románticos. Todos me parecen horribles.

martes, 23 de junio de 2009

23 de junio. El regreso del doctor Cottard

Y, bien, ayer fui al Sótano para recoger mis ejemplares apartados, y me engolosiné. Iba por el 2 y el 3, pero aproveché para llevarme de una vez el 6, un 3 para Sofs (envuelto para llevar, por favor) y... un libro de relatos de Thomas Bernhard. Y es que, además de Proust, me gusta Bernhard. Podrán ser depresivos las atmósferas en las que viven sus personajes (siempre parece que afuera está lloviendo, que los bosques son interminables, que dentro de los bosques viven hombres, muchachos jóvenes pero de algún modo enfermos y por eso mismo más bien viejos, dispuestos a matar —una por una— todas las aves del aviario de un tío recientemente muerto, aves que chillan todo el día desde que murió su dueño y que están a punto de volver locos a los demás que viven en la casa), podrán tal vez estos personajes tener los pensamientos más decadentes (no necesariamente en el sentido de una moral sexual) y suicidas y desesperanzados, pero... bueno, así son los austriacos. Azotados. Y me gusta. Me gusta, por ejemplo, la rabia de Egon Schiele, su obsesión (ahora sí sexual) y sus paisajes compuestos por retazos. Me gusta pensar en Viena y en el campo austriaco. Me gusta pensar en Viena porque no sólo tengo el nombre para imaginar la ciudad. Y entonces, de súbito, me acuerdo de Proust y de ese despliegue de sentido del humor que hace cuando, en la última parte del tomo 1 ("Nombres de tierras: El nombre"), relata los días previos al viaje que harían a Venecia, a Florencia, a visitar Santa María del Fiore... De verdad, de verdad os digo que, cuando leí eso, me reí.

Pero lo que quería decir es que, estando en el Sótano, pedí ayuda a uno de los jóvenes de camiseta azul para localizar el volumen 3 que necesitaba Sofs (estuve a punto de llevarle el 2, que me ha dicho mil veces que ya tiene). Y he aquí que un señor muy amable me lo entrega, le agradezco y, mientras me encamino a la caja, dice a un colega: "No, si yo tengo el primer tomo, pero... ps nunca lo he terminado. Lo empecé pero no lo terminé". Algo así. Tentada estuve a girar sobre mis pasos, regresar a él, sacar del bolso (que no llevaba) una tarjeta (que aún no existe) con la inscripción "VIEJAS ANCIANAS" y un número de teléfono o, mejor aún, una fecha y un lugar, y decir por lo bajo: "Nos vemos ahí. Tienes un mes para leer el 1 y el 2. No hables de esto con nadie". Se lo conté a Sofs por teléfono. Le pareció, igual que a mí, algo divertido. La cofradía de los lectores de Proust.

Luego pasaron cosas en el día, tuve un ensayo y, casi a medianoche, llegué a mi casa a ver a Prousti.

El volumen 2 me recibió con una sorpresa (sí, Sofs, Guillermo: no pude evitar la tentación de comenzar, una vez que lo tuve): el regreso de un personaje secundario de "Unos amores de Swann" al centro del relato, o por lo menos así se anticipa, en "A la sombra de las muchachas en flor". El doctor Cottard, el simplón de la sonrisa idiota, el de las frases aprendidas y dichas con calzador a la menor provocación. Intuyo, por los dos o tres párrafos que pude leer anoche antes de caer, que acá le veremos otra faceta. No sé. Lo que sí es que me dio muchísimo gusto encontrarlo de nuevo, como si Proust (ja) hubiera adivinado que uno de mis personajes favoritos de la parte anterior fue ése.

Qué cara afición, leer a Proust.

(Del lat. carus).

1. adj. Que excede mucho del valor o estimación regular.

2. adj. De precio elevado.

3. adj. Dicho de cualquier cosa vendida, comprada u ofrecida: A un precio más alto que el de otra tomada como punto de referencia, la cual es más barata con relación a aquella.

4. adj. Amado, querido.

5. adj. ant. Gravoso o dificultoso.

6. adv. m. A un precio alto o subido.

lunes, 22 de junio de 2009

22 de junio. À la recherche de...

... les livres qui me manquent.

Hoy haré una rápida expedición al Sótano (el sótano, el fondo... lugares oscuros y aislados y silenciosos, como todos los lugares propicios para leer). Tienen para mí los tomos que me faltan de la heptalogía. Por lo pronto, ya les hice un lugarcito en mi cuarto, y otro en mi corazón. Todas las mañanas, al despertar, podré verlos, tan rojos y chonchos, tan deleitables por dentro. Qué rico es esto de leer a Proust.

domingo, 21 de junio de 2009

21 de junio. La felicidad de los geeks

La felicidad de un geek consiste en saber que, por muy geek que sea, siempre habrá otros tanto o más geeks que él. Gracias, Sofs. Gracias, Memo. A su lado, llego a sentirme normal.

21 de junio. ... y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años.

Punto final. Apenas el primer volumen.

"Y de ese modo se hablaba Swann a sí mismo, porque aquel joven que al principio no reconocía era él; como hacen algunos novelistas, había repartido su personalidad en dos personajes: el que soñaba y el que veía delante de él con un fez en la cabeza".

El tiempo que se nos va en recobrar el tiempo perdido. Debo decir que, a pesar de mi obtusa inteligencia, he disfrutado con cada oración de este libro. Porque no son sólo oraciones, porque rebosan imágenes, porque hay tanto para complacer a los sentidos, a la imaginación (y a través de ella a los sentidos). Porque Proust abre y cierra las historias, las amarra delicadamente, sólidamente. El tiempo perdido.

"Acaso la nada sea la única verdad y no exista nuestro ensueño; pero entonces esas frases musicales, esas nociones que en relación a la nada existen, tampoco tendrán realidad. Pereceremos; pero nos llevaremos en rehenes esas divinas cautivas, que correrán nuestra fortuna. Y la muerte con ellas parece menos amarga, menos sin gloria, quizá menos probable".

sábado, 20 de junio de 2009

20 de junio. I'm so bored I want to cry

A mediodía dimos una buena función para poca gente. Gente selecta que sí va al teatro, ya saben. Y, bueno, había unas niñas, ¿no? Dos hermanitas, muy rubias las dos, muy simpáticas. Les dio miedo la bruja. No aceptaron mis paletas. A la salida, supe que eran sobrinas de Ilse, la de Flans. Yo era fan de Ilse cuando era niña y, ¿qué hago ahora? Asusto a sus sobrinas. Una de ellas, al final de la obra, me dijo: "Tú eres tonta". No dijo "tu personaje es tonto" o "la bruja es tonta". No, claramente dijo "tú". Yo soy tonta. Me hubiera deprimido si no fuera porque lo dijo sonriendo, después de haber estado platicando conmigo un rato. De todas formas me pegó, eso que ni qué. Puse mi sonrisa ésa, la del doctor Cottard: mi sonrisa idiota que quisiera por otra parte aparentar que puedo lidiar con la situación.

Después de eso, el día fue en franco deterioro. Nada en la televisión salvo refritos de Law & Order (claro que los vuelvo a ver). Nada en la computadora salvo carpetas y carpetas llenas de trabajo (claro que lo voy a hacer). Nada en el buró salvo un enorme libro con el lomo rojo que me mira desafiante, como si dijera "a que no terminas para mañana" (claro que voy a terminar). Nada en las calles salvo agua. Y qué bueno que llueva, no me malinterpreten. Es sólo que hoy estoy tan aburrida que podría llorar.

* La imagen apareció cuando googleé la frase "i'm so bored i want to cry". Nothing personal.

jueves, 18 de junio de 2009

18 de junio. Proust también me lee la mente

Mi iPod lo hace, ya lo había dicho: sabe cuando estoy feliz, cuando me agarra la saudade, cuando quiero reír, cuando quiero llorar. Incluso sabe cuando no sé lo que quiero, y entonces hace como que tampoco lo sabe y me pone una selección interminable de canciones que me gustan pero que no quiero escuchar en ese momento. Mi iPod me lee la mente, y eso me asusta pero me gusta.

Ahora también me pasa con Proust. "Cuando vio que no estaba en el salón, Swann sintió un dolor en el corazón; temblaba al verse privado de un placer cuya magnitud medía ahora por vez primera, porque hasta entonces había estado seguro de tenerla cuando quisiera, cosa ésta que no nos deja apreciar nunca lo que vale un placer". Y así, y más.

18 de junio. Sofi me va a regañar

No sólo no leo a Proust sino que me desvelo tratando inútilmente de terminar un trabajo de edición que no tiene remedio. Y no tiene remedio tal vez porque yo tampoco lo tengo. Sofs me va a regañar. "Mucho post y poca lectura", me va a decir. "Tinajas, ¿nos vamos a ver el domingo o qué?" Y yo prometeré que nos veremos, que sí terminaré. Pero la verdad es que ¿quién tiene tiempo ahora de andarse con tanta calma, paseándose por el camino de Swann? Ojalá yo lo tuviera. Tiempo. Remedio. Proust.

martes, 16 de junio de 2009

16 de junio. Sufriremos hasta desangrarnos

No, en realidad no es para tanto, pero es divertido decirlo así, con ese tono trágico, como si se tratara de algo verdaderamente serio, un asunto de ascesis religiosa. Ni somos las primeras tres personas que han hecho esto ni seremos las últimas y probablemente nadie nos recuerde por esta hazaña y quizá, es más, a nadie le interese. Pero el hecho de tener que terminar Por el camino de Swann para el domingo, cuando voy en la página doscientos y tantas, con una semana llena de trabajo editorial —abrumante, monótono trabajo editorial—, me hace pensar que algo en esta vida tiene sentido. Hay algo todavía que vale la pena hacer y que le da sentido a las ojeras, al cansancio y a los bostezos que se escapan en manada mientras uno espera en la fila del banco: Proust.

Hoy me desperté a las cuatro y media de la mañana, en medio de un ataque de tos. Gracias a eso, estoy segura, podré terminar la novela. Sufriremos hasta desangrarnos, pero habremos leído a Proust. Después de esto, nunca volveré a ver Little Miss Sunshine con los mismos ojos. Y tampoco a los espárragos.

viernes, 5 de junio de 2009

5 de junio. El muro de Berlín


De Combray a Berlín en un salto, o en un paseo subida en un Trabi. He estado toda la tarde estudiando alemán, haciéndome bolas con el alemán, peleándome, buscando, obsesionándome con el alemán. El alemán, quiero decir, la lengua. Me arden los oídos, me escuecen las piernas, me tirita el esófago y me vomitan las neuronas. Ojalá todo fuera como conectar el cerebro a una matriz donde se encontraran los conocimientos listos para llenarle a uno las cavidades mentales, los huecos, los espacios en blanco. Entonces, podría uno enchufarse, descargar los contenidos y luego sentarse a leer, con absoluta tranquilidad, a Thomas Mann o a Bernhard en el idioma original. Y entender, y disfrutar, y gozar con las palabras. Bailotear con ellas con más agilidad que como bailotea uno cuando se va de fiesta.

Pero dejemos ahora que la lengua repose, que se asienten los términos, que los tejidos absorban el uso correcto de las preposiciones, esas infelices. Leamos, pues, a Proust, y deleitémonos con la sensación de estar paseando entre campos verdes, como los que el narrador cuenta que se encontraba en los libros. Acaso sea ese paseo más verdadero que todos los paseos que he dado en mi vida, ésta, la real.

jueves, 4 de junio de 2009

4 de junio. Los actores, esos diablos


Lo mejor de este libro es que siempre va a más. Apenas se había recuperado mi imaginación del golpe que recibió con la brillante, detallada y ferviente descripción de la iglesia —lugar de santos en vidrieras, de reflejos y piedras añejas— cuando, zas, me cae como sorpresa el relato del incidente protagonizado por el narrador, su tío y la amiga de su tío, la actriz. Todo so pretexto de explicarnos la razón por la cual hacía tiempo que el tío Adolfo no visitaba Combray ni, por tanto, se abría la recámara a él reservada.

"Por aquel entonces poseíame la afición al teatro, afición platónica, porque mis padres nunca me habían dejado ir, y se me representaban de un modo tan inexacto los placeres que procuraba, que casi llegué a creer que cada espectador miraba, lo mismo que en un estereoscopio, una decoración que era para él sólo, aunque igual a las otras mil que se ofrecían, una a cada uno, al resto de los espectadores".

Y, pienso, ¿qué no es esto lo que ocurre en una representación teatral? Cada persona va y mira de ella sólo una parte, la que está para ella reservada, y la experiencia se multiplica según el número de asistentes en la sala.

Como buen sensualista, Proust se deja fascinar por el teatro antes siquiera de haberlo vivido. Anticipa los placeres que le procuraría, no sólo el drama y las palabras, sino la convivencia con esas personas tan parecidas al resto y, sin embargo, tan distintas a cualquier otra: los actores. Los actores, las actrices. Qué manera tiene para presentarnos a la amiga de su tío, en quien "nada encontraba (...) del aspecto teatral que tanto admiraba en los retratos de las actrices, ni la expresión diabólica que debía corresponder a una vida como sería la suya. Me costaba trabajo creer que era una cocotte, y sobre todo, nunca me hubiera creído que era una cocotte elegante, a no haber visto el coche de dos caballos, el traje rosa y el collar de perlas, y de no saber que mi tío no trataba más que a las de altos vuelos. (...) Y, sin embargo, al pensar en lo que debía ser su vida, la inmoralidad de la vida aquella me turbaba mucho más que si se hubiera concretado ante mí en una apariencia especial, por ser tan invisible como el secreto de una novela, por el escándalo que debió echarla de casa de sus padres, acomodados, y entregarla a todo el mundo, dando pleno desarrollo a su belleza y elevando hasta el mundo galante y el halago de la notoriedad a una mujer que, por sus gestos y sus entonaciones de voz, tan semejantes a los que viera en otras damas, se me representaba, sin querer, como una muchacha de buena familia que ya no era de ninguna familia".

* En la foto, Sarah Bernhardt. Mucho glamour, pero... en el blog de quien asumo es una teatrera, leo lo siguiente:

«A pesar de las habilidades histriónicas de la Bernhardt, Chéjov declaró que era tan inexpresiva y tan tediosa que “no volvería a escribir sobre ella aunque el editor me pagara cincuenta kopeks por línea”. La clave de la reacción de Chéjov era que “no tiene chispa, lo único que nos hace llorar lágrimas calientes y desvanecernos. Cada suspiro de Sarah Bernhardt, sus lágrimas, su extenuante gesticulación y toda su interpretación no es más que una lección bien aprendida y sin fallos”».

miércoles, 3 de junio de 2009

3 de junio. En busca de la fe perdida


Hay una gran parte de la narración que Proust aprovecha para hablar de un personaje central de su vida en Combray: la iglesia. "¡Qué cariñó tenía yo a la iglesia de Combray, y qué bien la veo ahora!".

En su edad adulta, al recordarla, la describe con un fervor y una pasión descomunal, como descomunal debe haber sido la impresión causada por el gigante de piedra en el niño. Gigante no sólo por su tamaño, sino sobre todo por su largo perdurar a través de los siglos: "todo esto revestía a la iglesia para mis ojos de un carácter enteramente distinto al resto de la ciudad: el ser un edificio que ocupaba, por decirlo así, un espacio de cuatro dimensiones —la cuarta era la del Tiempo— y que al desplegar a través de los siglos su nave, de bóveda en bóveda y de capilla en capilla, parecía vencer y franquear no sólo unos cuantos metros, sino épocas sucesivas, de las que iba saliendo triunfante".

Para dibujarla emplea metáforas incluso más brillantes que las utilizadas hasta entonces en el libro, frases como que "tenía infusa como una especie de pensamiento; pero en su campanario es donde parecía tomar conciencia de sí misma y afirmar una existencia individual y responsable". También dice que su abuela, "al mirarla, al seguir con la vista la suave tensión, la inclinación ferviente de sus declives, de sus pendientes de piedra, que conforme se alzaban iban acercándose como se juntan las manos para rezar, uníase tan bien a la efusión de la aguja, que su mirada se lanzaba hacia arriba con ella; y, al mismo tiempo, sonreía bondadosamente a las viejas piedras gastadas, que ya sólo en el remate alumbraba el poniente, y que desde el momento en que entraban en esa zona soleada, suavizadas por la luz, parecían subir mucho más arriba, ir más lejos, como un canto atacado en voz de falsete, una octava más alto".

Y el cariño hacia la arquitectura de la iglesia llega al punto de hacerle decir que "los graciosos arcos góticos se colocaban coquetamente [las itálicas son mías] delante de él [el pórtico], como hermanas mayores que se colocan sonriendo delante de un hermanito zafio, grosero y mal vestido, para que no le vea un extraño".

Sin duda, donde mejor se observa ese hondo sentimiento del autor hacia la iglesia (nunca "suya", porque —pienso— nunca hubiera consentido semejante megalomanía, a pesar de su egocentrismo infantil), es en esa delicada mención al lugar aparte que merecía ese edificio entre todos los demás del pueblo. "En vano la señora Loiseau cultivaba en su balcón unas fucsias que tenían la mala costumbre de dejar correr ciegamente a sus ramas y cuyas flores no tenían cosa más urgente que hacer, cuando ya eran grandecitas, que ir a refrescarse las mejillas moradas [¡refrescarse las mejillas moradas!, ¡las flores!], congestionadas, en la sombría fachada de la iglesia: no por eso eran aquellas fucsias para mí sagradas; entre las flores y la piedra negruzca en que se apoyaban, aunque mis ojos no percibían ningún intervalo, mi alma distinguía un abismo".

Entre las flores y la piedra, aunque mis ojos no perciben intervalo alguno, mi alma distingue un abismo.

Mi alma, también, distingue un abismo entre el relato de Proust y todos los demás relatos de los libros apelmazados en los libreros, mientras que entre su memoria y la mía se construye un puente, y puedo ver —de verdad ver— cada reflejo de sol cayendo sobre Combray.

Por otra parte, debo confesar que la imagen de una iglesia que más se ha quedado grabada en mí ha sido ésa de War of the Worlds, de Spielberg. Todavía no consigo explicar todo lo que me pasa por la cabeza cuando veo o imagino esa escena. No todavía.

3 de junio. Un pedazo de cielo

La familia del autor se encuentra con el señor Legrandin —ese ingeniero culto— a la salida de misa:

"¡Ah! (...), cierto que tengo en casa toda clase de cosas inútiles. Sólo me falta lo necesario, es decir, un gran espacio de cielo, como aquí. Procura guardar siempre por encima de tu vida un buen espacio de cielo, joven (...). Tienes un alma muy buena, poco usual, y una naturaleza de artista, así que no consientas que le falte lo que necesita".

Un buen espacio de cielo, Tinajas.

3 de junio. Sobre leer después de comer

Desde hace mucho que no vivo con mis padres, así que mi madre no puede darme un consejo tan extraño como éste: "Vamos, no te estés más aquí, sube a tu cuarto, si es que fuera tienes mucho calor; pero antes, sal a tomar el aire un poco para no leer en seguida de comer". Y, como nadie me aconseja esto, termino el trámite de ingerir alimentos, retomo la lectura haciendo el plato a un lado y llego precisamente a esa parte donde Proust recuerda las palabras de su madre. Demasiado tarde.

3 de junio. Mi alma de aldeana


Y de pronto me doy cuenta que tengo alma de aldeana, como Francisca, la criada eficiente y antipática de la tía Leoncia en Combray, "que no podía oír hablar de una desgracia sucedida a un desconocido, aunque fuera en la parte más remota del mundo [pongamos por caso un punto del Atlántico donde se desplomó un avión, y los lugares en tierra donde pegó la tragedia], sin empezar a lloriquear". Tengo alma de aldeana, de aldeana de la aldea global.

Le confieso a Sofi que, después de leer las noticias, me quedo afectada días enteros, sufriendo los estragos de un pesimismo casi zagaliano. Ella me responde: "pero, ¿no pones distancia?". No. ¿Debería?

3 de junio

Llámenme cursi, pero me parece muy emocionante que tres personas, al mismo tiempo (quiero decir, a la misma hora incluso), estén leyendo una misma (y gran) cosa. Y las tres con la misma intensidad.

Había escrito algo sobre esto en mi diario pero ahora estoy en el trabajo. Nunca saco mi diario de la casa. Mucho menos para venir al trabajo donde, duh, trabajo. O donde, como hoy, hago como que trabajo porque en realidad hay poco trabajo. Leeré.

martes, 2 de junio de 2009

2 de junio

Esta vez, En busca del tiempo perdido es un triple regreso, un caminar-desandar-caminar, seguir el camino tres veces en varios sentidos, un camino que a cada renglón se va desdoblando en otros que son y no son el mismo.

Y entonces leo. Leo el recuerdo del autor-protagonista, quien se asombra y se maravilla auténticamente del mecanismo, de cómo funciona la memoria, disparada súbitamente por un pan y una taza de tila, apenas un accidente gastronómico. Leo las palabras que ya había leído hace años, e intento llegar a mí, a ese momento en que leía por primera vez; no lo consigo, porque es sólo una idea de mí lo que me formo entonces. Pero leo y recuerdo, no lo que recuerda Proust ni lo que yo pudiera recordar sobre mí hace cinco o seis años, sino lo que era hace mucho y, a la ligera provocación de unas palabras, recreo dentro de mí un mundo que ya no existe pero que se aparece en mí, frente a mis ojos, que ven sobre las palabras otros lugares, como las fantasmagorías de las linternas mágicas o como "ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín" y los nogales y las higueras y los rosales en casa de mis tíos "y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia" y Torreón entero "y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando consistencia, sale de mi taza de té".

Sale de mi taza de té.

Un millón de pasados se reflejan en el juego de espejos, el universo se vuelve infinito (si es que no lo era antes) y la vida vuelve a ser suave. No hay muerte, sino memoria. Igual que él, podría decir que "en mí también se han deshecho muchas cosas que yo creí que durarían siempre, y se han alzado otras nuevas, preñadas de penas y alegrías nuevas que entonces no sabía prever, lo mismo que hoy me son difíciles de comprender muchas de las antiguas. Hace mucho tiempo también que mi padre ya no puede decir a mamá: "Vete con el niño". Para mí nunca volverán a ser posibles horas semejantes. Pero desde hace poco otra vez empiezo a percibir, si escucho atentamente, los sollozos de aquella noche, los sollozos que tuve valor para contener en presencia de mi padre, y que estallaron cuando me vi a solas con mamá. En realidad, esos sollozos no cesaron nunca; y porque la vida va callándose cada vez más en torno mío, es por lo que los vuelvo a oír, como esas campanillas de los conventos tan bien veladas durante el día por el rumor de la ciudad, que parece que se pararon, pero que tornan a tañer en el silencio de la noche".

Ahora vuelvo a recordar.