miércoles, 29 de julio de 2009

29 de julio. Un poco más ágil con los dedos

Y bien, no he leído mucho. En realidad, me he convertido en un enorme Garfield, gordo, anaranjado, huevón. No hago más que dormir, pastar, dormir, pastar, etcétera.

Mi madre me envió unas fotos de ahora que estuvo aquí. Antes del "percance", con mi abuela (recientemente convertida en bisabuela gracias a ParaElisa, a quien ansío conocer), saliendo de la última función de La bruja:

Y después, gozando un momento de buen humor:

Y todavía después, con mi futura fisioterapeuta (en esos días, lastimada de la columna):


Creo que tengo que volver a Proust. Estoy demasiado aburrida.

miércoles, 22 de julio de 2009

22 de julio. Extremidades intercambiables

En teatro, se usa frecuentemente la expresión "Rómpete una pierna" para desear suerte a los actores. Yo quise innovar y me partí otra extremidad. Ahora, por favor, sólo díganme "Mierda". No lo tomaré personal.

No puedo escribir con facilidad. Además, tengo una fuerte resaca de adrenalina. Pero en algún momento tendré ganas otra vez y contaré esa experiencia. Mientras, aquí está la foto:

miércoles, 15 de julio de 2009

15 de julio. El opus dei como camino de salvación

Sofs me acusa de que siempre estoy haciendo precisiones sobre el uso del lenguaje. Y sí, es cierto. Sofs me llama "posmoderna". Eso no me gusta. Le pregunto si acaso puedo ser otra cosa.

Sofs: Campesina.
Yo: ¿Y algo donde haya libros?
Sofs: Numeraria.

Reímos sin parar.

15 de julio. Ya casi amanece y yo aún no duermo.

En lugar de quejas vanas, citaré un ridículamente hermoso pasaje de A la sombra de las muchachas en flor:

"Y en lo que concierne a las guapas muchachas que veía yo pasar, desde el día que supe que aquellas mejillas podían besarse me entró curiosidad por su alma. Y el universo me pareció de más interés".

Quien diga que Proust es inmoral, no sabe nada. ¿Qué más se puede pedir a un escritor que convertir a un mujeriego en humanista?

domingo, 12 de julio de 2009

12 de julio. Domingo de soltera

So riesgo de convertirme en mera imitadora de Guillermo, he decidido que yo también puedo tener mi propia y bonita sección de Domingos de soltero: la versión femenina. Después de todo, eso es lo que somos, ¿qué no?

Así que, como corresponde, tan pronto me desperté (muy temprano, como soltero que no sale por las noches), estaba muy decidida a leer sin parar. A leer "A la sombra de las muchachas en flor" hasta terminar el libro o, bueno, hasta donde fuera humanamente posible en un domingo. Pero la vida y la humedad me llevarían por otros caminos (y no por el camino de Proust). Sentada en mi cama, percibí un olor, un penetrante olor a mojado. No eran sábanas mojadas ni pelo de gato mojado ni alfombra mojada. Era un olor a libros mojados. A hongos que llegaron a las páginas de los únicos tres tomos que tengo de la obra completa de Carpentier (eso lo sé ahora, pero no lo sabía entonces; quiero decir, que los hongos estaban ahí y no que sólo tengo esos tres volúmenes) cuando las esporas hicieron su nido en las blandas y humedecidas páginas. Y es que, a pesar de estar convencida de que el lugar donde vivo tiene infinidad de ventajas sobre tantos otros (muchísimos otros), estoy consciente de que tiene un enorme defecto: la humedad en las paredes.

Incapaz de concentrarme en el relato de Proust porque mi nariz me molestaba, me levanté de la cama y empecé a olisquear, aquí y allá, en busca de eso que estaba podrido en mi reino. Puse mi mano sobre la pared que está a la izquierda de la cama y, bingo: ahí estaba la enfermedad, o cuando menos uno de los sitios donde se había alojado. Seguí investigando, llegué al librero, saqué un par de libros y, guácala, olían mal y, además de las telarañas que los cubrían, detecté unos puntitos negros verdosos. Había que hacer algo, pronto, antes de que los champiñones me devoraran junto con mi modesta pero amada biblioteca.

En mi mente, el acomodo era perfecto: mover el librero chico a la pared donde no hay humedad y... ya veríamos qué pasaría con el otro, el alto, ése que tanta flojera me daba siquiera pensar en cambiar de lugar porque suponía —y con justa razón— que no podría desplazarlo sin antes quitar los ¿cuántos? libros de sus repisas. La cama iría... tal vez perpendicular a la ventana, tal vez sólo pegada a la pared (a pesar de que una superstición mía me indicara lo contrario; ya hablaré sobre mi colección de supersticiones). Ahora recuerdo que todo empezó cuando saqué la basura que había bajo la cama. Cadáveres de cosas que alguna vez puse ahí diciéndome "ya lo arreglaré", como quien... ("como quien" nada: ese Proust se le trepa a uno al cerebro con la facilidad de una araña, y le hace a uno buscar comparaciones entre cosas para introducirlas en lo que uno escribe; pero no, Proust, ¿me oyes?, no me dejaré). Hoy tuvieron santa sepultura.

Horas después, con una fina y pegajosa capa de sudor cubriéndome el rostro, la cosa estaba lista. Ahora tengo un librero de dos vistas que me hace infinitamente feliz: mis libros ya no están aparcados en doble fila, sino que cada hilera mira para distinto lado y yo puedo encontrar lo que busco sin tener que remover hasta las cenizas de los Santos Padres. Tengo una enorme pared blanca interrumpida sólo por dos fotografías: una de Koudelka, otra donde aparezco yo, de niña. El mismo número de objetos ha conseguido acomodarse en mejores espacios. Todavía quedan cosas por hacer, como... conectar la lámpara y el reloj de buró a un enchufe lejano, encontrar sitio para algunos trebejos que, de quedarse donde están, se convertirán también en cadáveres, y acostumbrarme a tender la cama pegada a la pared sin lastimarme los nudillos.

La verdad es que hice todo esto sólo para que, llegada la noche, tuviera algo en qué pensar que no fuera mi soledad. Algo como "me gusta la amplitud en el centro de la habitación, aunque todavía no me acostumbro a que la luz de noche esté a mi derecha". Pero terminé a las cuatro de la tarde y apenas empieza a oscurecer.

lunes, 6 de julio de 2009

6 de julio. Juanito o la democracia

Además de la resurrección del dinosaurio que no estaba muerto (despertamos y... vaya que seguía ahí), el así llamado "triple triunfo" del Peje y sus pejeles, según Reforma, es la noticia del día. Hasta este momento (las 07:15 horas del lunes), Juanito —digo, Clara Brugada, digo, el PT, digo, el "otro" PRD, digo, la Izquierda Unida... bueno, el Peje, pues, para acabar pronto— lleva la delantera en Iztapalapa con 31% de votos a su favor, mientras que las siguientes fuerzas políticas quedan así: los chuchos amarillos 22%, los dinosaurios 12%, los azulitos 11%. Así que ganó Juanito...

Pero, ¡momento!, ¡alto ahí! Esto quiere decir que 69% de los ciudadanos de Iztapalapa no quiere a Juanito (ni a quienes con él llegarán finalmente a tener su probadita de los dulces tesoros del presupuesto y de ese poder legitimado por unas elecciones que tanto han criticado desde hace tres años). Sesenta y nueve por ciento de los habitantes mayores de 18 años que viven en Iztapalapa no quiere al Peje. Es un chingo, ¿qué no? Si tan sólo nos pudiéramos poner de acuerdo...

Y mientras tanto, los niños condechi, esos menores de edad que tienen los pulgares marcados, sí, pero de tanto picarle a los botones de su playstation, siguen proclamando que el voto nulo, que esto que lo otro. Voto nulo, ¿les cae? Yo cada vez me convenzo más de que tenemos justo lo que nos merecemos: un mesías tropical que, triunfante, ha entrado a su reino por la puerta de Iztapalapa.

jueves, 2 de julio de 2009

2 de julio. No es que me dé frío, pero...

prefiero empezar Rilke por aquí:

Klage

O wie ist alles fern
und lange vergangen.
Ich glaube, der Stern,
von welchem ich Glanz empfange,
ist seit Jahrtausenden tot.
Ich glaube, im Boot,
das vorüberfuhr,
hörte ich etwas Banges sagen.
Im Hause hat eine Uhr
geschlagen...
In welchem Haus?...
Ich möchte aus meinem Herzen hinaus
unter den großen Himmel treten.
Ich möchte beten.
Und einer von allen Sternen
müßte wirklich noch sein.
Ich glaube, ich wüßte,
welcher allein
gedauert hat, -
welcher wie eine weiße Stadt
am Ende des Strahls in den Himmeln steht...

miércoles, 1 de julio de 2009

1 de julio. Lo que sigue...

Archaischer Torso Apollos

Wir kannten nicht sein unerhörtes Haupt,
darin die Augenäpfel reiften. Aber
sein Torso glüht noch wie ein Kandelaber,
in dem sein Schauen, nur zurückgeschraubt,

sich hält und glänzt. Sonst könnte nicht der Bug
der Brust dich blenden, und im leisen Drehen
der Lenden könnte nicht ein Lächeln gehen
zu jener Mitte, die die Zeugung trug.

Sonst stünde dieser Stein enstellt und kurz
unter der Shultern durchsichtigem Sturz
und flimmerte nicht so wie Raubtierfelle;

und brächte nicht aus allen seinen Rändern
aus wie ein Stern: denn da ist keine Stelle,
die dich nicht sieht. Du mußt dein Leben ändern.